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Escrito por Paco Gisbert
Lunes, 30 de Enero de 2012 10:34 |
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| A comienzos de los años 70, Howie Gordon, un muchacho judío de Pittsburgh que llevaba el pelo largo y participaba activamente en las manifestaciones por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam, estudiaba periodismo en Ohio. Uno de sus trabajos académicos consistía en realizar un pequeño cortometraje de contenido erótico y Gordon, un hombre de recta educación ortodoxa que años antes había ingresado en el seminario con la idea de convertirse en rabino, se apuntó como voluntario para protagonizarlo, siempre y cuando compartiera escena con su novia. Aquel corto no provocó más que risa y la vida de Howie continuó de la manera más tradicional: acabó la carrera, se casó con su novia de toda la vida y buscó trabajo. Pero la crisis del petróleo, que había minado el mercado laboral, le obligó a trabajar como albañil en una de las comunas felices de California.

En 1978, por medio de un conocido, Howie Gordon recibió una curiosa oferta de trabajo. Bob Chinn buscaba actores masculinos para participar en “Candy Strippers”, una divertida comedia médica que pensaba rodar unos meses después. Howie se presentó a la audición y allí descubrió que la película de Chinn le obligaba a practicar el sexo con otras mujeres. Consiguió el papel, pero no estaba demasiado convencido de que acabara haciéndolo. Y es que Howie no sólo era un hombre casado sino que presumía de no haber practicado el sexo con una mujer sin amor. Fue a su casa, le contó lo que había vivido esa tarde a su mujer y esta, contra todo pronóstico, le dijo que adelante, que era una manera como otra cualquiera de ganarse la vida y que, mientras sólo fuera un trabajo, no tenía que preocuparse por los celos que su futura profesión pudiera generarle.

Meses después, Howie Gordon se hacía llamar Richard Pacheco y era actor de cine X. Para sorpresa de todo el mundo, era, además, un gran actor. Capaz de interpretar con oficio las escenas dramáticas y de dar la talla en las secuencias sexuales. Durante ocho años fue el preferido de la mayoría de los cineastas cuando tenían que encontrar a un actor sobrio y que recitara bien los guiones, dada su escasa vocación exhibicionista y su inteligencia y cultura.
 
Pero, en 1985, el Sida comenzó a amenazar al mundo del porno. Pacheco fue uno de los más activos militantes a favor de la utilización de los preservativos en las películas X, debido a su situación familiar y su preocupación por la supervivencia de la industria. Como no obtuvo respuesta, decidió retirarse. Aun así, durante los cuatro años siguientes, muchos directores siguieron contando con él para que encarnara en la pantalla a personajes que no precisaban tener contacto sexual. Porque Richard Pacheco era, antes que nada, un buen actor, con sexo o sin él.

En 1989 decidió abandonar definitivamente el mundo del porno, cuando comenzó a vislumbrar que el futuro para aquellos que se negaban a utilizar su polla en las películas era muy negro. Retomó su vocación periodística y trabajó durante años en la revista Spectator como reportero. Pocas veces se le puede ver en eventos que tengan relación con el porno y su única ligazón con el mundo que lo lanzó a la fama es la idea de publicar un libro con sus experiencias en el cine para adultos. Y, naturalmente, sigue viviendo con aquella esposa comprensiva y liberal que le permitió trabajar en el porno si no había amor. Con ella ha tenido tres preciosos hijos y en su hogar es un modélico padre de familia.
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Escrito por Paco Gisbert
Lunes, 16 de Enero de 2012 12:12 |
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| Puede pensarse que en el porno, un tipo de cine en el que el sexo ejerce como marca diferenciadora, no existe espacio para el amor. Que en una disciplina en la que los actores y actrices practican el sexo despojado de amor ante las cámaras como labor profesional, el sentimiento amoroso, ligado en muchos casos al propio sexo, es un ilustre desconocido. Pero hay grandes historias de amor en el porno.
Una de esas historias tiene como protagonista a John Stagliano, discreto bailarín, mediocre actor y excelente director de películas X. A él se debe, por ejemplo, la introducción de la cámara subjetiva en el porno, lo que dio lugar al nacimiento del gonzo como subgénero. Pero, innovaciones aparte, Stagliano ha vivido por impulsos amorosos en los últimos quince años.

En 1994, John Stagliano dirigió a Kristi Lynn en una película y se enamoró de ella. Concertó una cita con la actriz y, un mes después, estaba conviviendo con Kristi en su casa de California. Fue una relación breve, pero no así su amistad. Incluso después que no siguieran unidos sentimentalmente, Kristi siguió compartiendo casa con John durante un año, en una de esa demostraciones de liberalismo extremo que tiene la vida de quienes trabajan en el porno. Kristi Lynn, una chica de 24 años que había soportado una dura infancia y adolescencia, tenía ambiciones de ser cantante. No tenía mala voz y sí muchos contactos. Un día concertó una cita con el actor Marc Wahlberg para producir un vídeo musical que le abriría camino en el mundo de la música. Vestida para la ocasión, Kristi esperó la confirmación de la cita, pero esta nunca llegó. Rabiosa por ver cómo sus esperanzas de un futuro mejor se difuminaban en unas horas, cogió uno de los coches de John y salió a dar una vuelta por la carretera de Los Virgines. Horas después, la policía encontró su cuerpo entre el amasijo de hierros en el que había quedado el vehículo tras salirse de la carretera.
Aquello ocurrió el 7 de diciembre de 1994 y sumió a Stagliano en una profunda depresión. Abrumado por el sentimiento de culpa y todavía prendado de Kristi, John decidió suicidarse. Pero los suicidios en el porno no son como en la vida real. Salvo la opción de volarse la tapa de los sesos, que practicaron varias actrices a lo largo de la historia, la mayoría de los suicidios que han acaecido en la industria de entretenimiento para adultos ha tenido un componente relacionado con el placer, manifestado principalmente en sobredosis de drogas. Stagliano no tomaba drogas, por lo que eligió una muerte más sórdida. Se marchó a Brasil, país al que viajaba una vez al año para rodar películas, y contrató una prostituta travesti para que le penetrara analmente. Cuando volvió a Los Angeles, Stagliano se sometió a las pruebas del Sida. No obtuvo ninguna sorpresa. Estaba infectado por la enfermedad mortal.
 
Así que decidió morir lentamente, sin dejar de hacer lo que ya hacía: trabajar como director en películas porno. Pocos meses más tarde, estalló en la industria del cine X americana la primera gran epidemia de Sida, provocada por el actor Marc Wallice. El virus que portaba Wallice contagió a media docena de actrices, entre ellas la robusta Tricia Devereaux, una actriz con espléndidos pechos naturales que trabajaba como secundaria en filmes a mediados de los 90. Stagliano llamó a Tricia, con la que había trabajado en filmes anteriores, y le dio una serie de consejos para afrontar la enfermedad. Ambos siguieron quedando y descubrieron que tenían muchas cosas en común: los dos eran de Chicago, tenían gustos musicales parecidos y una personalidad similar. No tardaron en enamorarse. En 1999 se casaron y un par de años después Tricia dio a luz a la primera hija surgida de la unión, una hermosa niña llamada Isabella Joi que, pese a ser hija de padres portadores del virus del Sida, no tiene anticuerpos de la enfermedad.
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Escrito por Paco Gisbert
Lunes, 09 de Enero de 2012 15:46 |
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| A finales de 1972, Shelly Graham trabajaba como ayudante de producción en películas X. No era el mejor empleo para una mujer de 37 años, con tres matrimonios y dos hijos sobre sus espaldas, que había sido bailarina en Broadway unos años antes. Pero, al menos, le ayudaba a sobrevivir en su nueva vida de soltera. En el set de uno de los rodajes conoció a Marc Stevens, por aquel entonces uno de los actores porno más cotizados del momento gracias a las dimensiones de su miembro viril. Marc y Shelly se hicieron pronto amigos y el actor prometió ayudarla si sabía de nuevos trabajos para ella.

Un día, Marc citó a Shelly en su casa para hablar de un negocio. Se había enterado de que Gerard Damiano buscaba una encargada de catering para su nueva película y Shelly, que cocinaba muy bien, podía ser la encargada de dar de comer a un equipo de 17 personas durante los días que durara el rodaje. Shelly llegó a casa de Marc y se topó con un apartamento decorado como una selva tropical. Plantas gigantes por los rincones y hasta un enorme acuario lleno de extraños peces. “Son pirañas”, le aclaró el actor. Después de ofrecer una cerveza a su huésped, Marc la guió hacia su dormitorio, pero no con la intención de hacer el amor con ella. En aquel dormitorio, Marc tenía, en un enorme acuario, una gran boa brasileña que dormía sobre un lecho de ramas. “Su nombre es Herman”, le dijo a la sorprendida amiga, “¿quieres cogerla?”. Shelly, que ya había tenido contacto con pequeñas serpientes durante su adolescencia en Texas, accedió a sostener aquel espectacular reptil. Poco después, Marc le anunció a Shelly que había concertado una cita entre ella y Gerard Damiano para la mañana siguiente.

Shelly acudió a la cita a las diez de la mañana. Damiano la contrató en pocos minutos como responsable del catering de la película y le pidió un favor: dar las réplicas a un actor llamado John Clemens que había acudido al despacho del director para el casting del filme. La actuación de Shelly impresionó tanto a Damiano que, al acabar de leer su texto, preguntó a su nueva cocinera si quería ser la protagonista de la película que iba a comenzar a rodar. Una película que se llamaría “El diablo en la señorita Jones”.

Meses después, Shelly Graham se llamaba Georgina Spelvin, la versión femenina del seudónimo común que utilizan los actores de teatro de Nueva York cuando no desean que su nombre real aparezca en los créditos de una obra, y era la protagonista de la película de Damiano. Allí volvió a encontrarse con su amigo Marc Stevens, que acudió al rodaje con su inseparable serpiente, la cual provocó más de un susto entre aquellos componentes del equipo no demasiado familiarizados con los ofidios. Y Georgina se reencontró con Herman. Juntos protagonizaron una de las secuencias míticas de la historia del cine porno, aquella en la que Justine Jones, en pleno aprendizaje sexual, juega con una boa que recorre su cuerpo desnudo sobre una cama. Años después, cuando Georgina Spelvin ha vuelto a ser Shelly Graham y ha superado los 65 años de edad, la actriz reconoce que, de todos sus compañeros de rodaje, Herman es uno de los que mejor recuerdo guarda, que llegó al orgasmo en aquella secuencia y que la lengua de aquella boa sobre su barriga le produjo sensaciones que nunca había experimentado.
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Escrito por Paco Gisbert
Lunes, 02 de Enero de 2012 12:36 |
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| Hace ocho años, cuando trabajé en la película Yo puta, de Luna, entrevisté a un montón de actrices de cine porno. Por exigencias del guión, a todas les tuve que preguntar si, ejerciendo como actrices de cine X, se consideraban prostitutas. Todas las estrellas del X cuestionadas respondieron con una rotunda negativa, justificada por el discurso de que ellas reciben dinero por practicar el sexo con otras personas pero esas personas también cobran por follar con ellas.

Entre las entrevistadas en aquella ocasión no estaba Lilli Carati. Porque, en el caso de que hubiera formado parte del reparto de aquel filme, la actriz italiana habría contestado afirmativamente a mis preguntas sobre la conexión entre el porno y la prostitución. Y es que Carati, uno de los mitos de la comedia erótica italiana de los 70, fue de las pocas estrellas del cine de destape gratuito que se pasó al porno. Lo hizo por dinero, como una yonqui que necesita pasta para meterse otro chute de jaco como única necesidad vital.

Vayamos por partes. Lilli Carati, nacida en Varese en 1956, recorrió ese camino tortuoso por el que en demasiadas ocasiones deben transitar las aspirantes a estrellas. Fue segunda en el concurso de Miss Italia de 1975, comenzó como secundaria en películas de serie B en las que mostraba tímidamente sus encantos y, con el tiempo, se convirtió en una de las grandes estrellas de la comedia erótica italiana, ese género cinematográfico específico del país de los Apeninos en el que tipos con tan poco estilo como Alvaro Vitali (aquel bizco feo que parecía sacado de un reality-show de cambio de imagen) perseguían mujeres de ensueño.

Pero, como en todos los cuentos de hadas, la muchacha de provincias cayó en las tentaciones propias de la gran ciudad. Carati se convirtió en adicta a la cocaína y, de ahí, dio el salto a la heroína. Cuando su carrera entraba en el ocaso, Lilli acepta, sólo por la puta pasta, hacer películas porno, una forma de pagarse los vicios.

¿Cómo era Lilli Carati de actriz porno? “Negada, prácticamente frígida” –recuerda uno de sus compañeros de profesión- “se notaba que lo hacía sólo por dinero”. Un desastre, pero el mito de muchos adolescentes de la época, entre los que me encuentro, de ver a una estrella del cine picante practicando el sexo en la pantalla fue suficiente para aliviar los más bajos instintos.

Lilli Carati se tomó el porno como una forma de prostitución. Había sido una estrella del cine y su única forma de supervivencia seguía siendo el cine, aunque fuera el triste porno italiano de los 80.
Cuando no pudo más, Carati entró en el final del túnel. Fue arrestada e incluso intentó suicidarse. En 1989, antes de esa degradación, había protagonizado su última película X, Le superscatenate, a las órdenes de dos mitos del “hard” norteamericano: Henri Pachard y Alex de Renzy.

Ahora, Lilli Carati ya no es Lilli Carati. Se llama, como al inicio de su vida, Ileana Caravati y vive retirada plácidamente y desintoxicada después de haber caminado por el lado más salvaje de la vida. Una realizadora de televisión, Rony Daopoulos, dirigió un documental sobre su vida en 1993 con el expresivo título de Lilli, una vida de heroína, que se estrenó en la RAI a comienzos del año siguiente. Prefiere “no hablar de aquel periodo” de su vida porque “sólo me dio malas experiencias”. Tiene 55 años y conserva todavía esa belleza que la hizo única en películas como La profesora de ciencias naturales.
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