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Escrito por Paco Gisbert
Martes, 07 de Junio de 2011 14:53 |
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| El próximo 1 de julio se cumplen 30 años de uno de los hechos que marcarían la historia del porno en los Estados Unidos: la matanza de la Avenida Wonderland. En ese cuádruple crimen se vio envuelto John Holmes, por aquel entonces el mayor mito viviente de la historia del cine X norteamericano. Esta es la historia, en tres entregas, de aquella matanza.
A comienzos de 1980, John Holmes se habría encontrado en la cima de su carrera si no hubiese sido porque, en realidad, era un adicto a la base de cocaína. Allá donde iba llevaba consigo un gran maletín de aluminio que contenía la parafernalia precisa para drogarse: butano, propano, pipas y boquillas, además de una onza de base, la droga más cara que había en el mercado, en aquellos tiempos a 1.000 dólares el gramo. Su ritmo de vida era tal que desarrolló actitudes cleptómanas. Robaba a sus propios amigos para poder costearse un vicio que no sólo estaba acabando con sus finanzas, sino con su salud.

Como compulsivo consumidor de drogas, Holmes conocía a gran parte de los camellos de la ciudad de Los Angeles. Y el más poderoso de todos, el dealer de Los Angeles se llamaba Eddie Nash. Nash había sido, una década atrás, propietario de una decena de locales nocturnos en Hollywood, que gestionaba con maneras de mafioso. Por mediación de Chris Cox, dueño de un club nocturno que pasó de competidor de Nash a amigo íntimo del dealer a quien todo el mundo conocía como El padrino, John Holmes entró en contacto con Eddie. Su encuentro fue un ejemplo de amistad-flechazo: Nash ponía las drogas y Holmes, el glamour de una estrella famosa en toda California a quien las mujeres que siempre rodeaban al narcotraficante estaban deseosas de tocar. Se hicieron prácticamente inseparables. John Holmes pasaba días enteros en casa de Eddie Nash, en Dona Lola Drive, mientras su novia, Dawn Schiller, esperaba durante horas en la puerta de su casa, sentada en un coche, con drogas y refrescos como único entretenimiento, o, cuando el actor no tenía dinero, entraba en la casa para retozar al lado de El padrino a cambio de una onza de cocaína.
De la turbia amistad entre el actor y su camello salió un negocio que resultaría fatal para ambos. En Hollywood, en un piso de la avenida Wonderland, operaba una banda de traficantes que, además de vender drogas, se dedicaba a robar a otros camellos para poder pagar su adicción a la heroína. Eddie Nash, un buen aficionado a las armas de fuego antiguas, propuso a John acercarse al piso de Wonderland para intercambiar dos pistolas de anticuario valoradas en 25.000 dólares a cambio del equivalente a 1.000 dólares de heroína. Las pistolas eran el botín de un robo perpetrado semanas antes por la banda de Wonderland en una casa del barrio. Holmes hizo de intermediario en el trueque y cambió las pistolas por droga. Si los de Wonderland querían recuperarlas, sólo tenían que pagar 1.000 dólares a Nash, algo que nunca sucedió. Cada vez que reunían la cantidad estipulada, se la fundían en más heroína, comprada a otro proveedor.

Semanas después, la banda de Wonderland, que quería recuperar las pistolas, ideó un plan para volver a tenerlas: entrarían a robar en casa de Eddie Nash. Pero necesitaban a alguien que les indicara en qué lugares de la enorme mansión que poseía Nash estaban escondidas las drogas, las joyas y las armas, aquello que realmente les interesaba para saldar lo que ellos creían que era su deuda. Necesitaban a John Holmes. El actor accedió a colaborar y dio pistas sobre la configuración de la casa, la ubicación de la caja fuerte y el lugar en el que podían encontrarse a algún guardaespaldas de Nash. Además, dada la amistad que unía a John con Eddie, el plan se completaría con una ayuda más del actor: iría a comprar drogas a casa de Nash y dejaría abierta una puerta corredera de cristal para que la banda de Wonderland pudiera entrar tranquilamente en la casa del narcotraficante.

El 29 de junio de 1981, cuatro hombres armados de la banda de Wonderland salieron en dirección a casa de Eddie Nash con la intención de desvalijarla.

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Escrito por Paco Gisbert
Jueves, 12 de Mayo de 2011 18:27 |
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| Hace ahora 31 años, en mayo de 1981, Linda Lovelace publicó su tercer libro de memorias, titulado “Ordeal”. A diferencia de los dos anteriores -”Dentro de Linda Lovelace” y “Diario íntimo de Linda Lovelace”-, “Ordeal” no era una obra complaciente con el mundo del porno. En él, la protagonista de “Garganta profunda” rectificaba las afirmaciones vertidas en sus anteriores autobiografías y pintaba el mundo del porno como una pesadilla en la que se vio envuelta contra su voluntad y que sufrió esclavizada por el que era entonces su marido y representante, Chuck Traynor.

El cambio de opinión de Lovelace tuvo mucho que ver con ese vacío que queda en las personas que un día subieron a la cima del estrellato y la popularidad y, más tarde, cayeron en el más absoluto olvido. Después del estreno de “Garganta profunda”, Linda se convirtió en una celebridad de la altura de Elvis o Sinatra, en portada de las revistas más importantes de todo el mundo y en la estrella invitada de los programas de máxima audiencia en la televisión americana. Pero la fama, ya se sabe, es efímera y el empeño de la actriz por promocionar su propia imagen, más allá de continuar con su carrera en el cine, fuera X o no, acabó por apagar su estela: cuatro años después de ser la mujer más famosa de América, Linda se marchó a Long Island para casarse con un albañil. Larry Marchiano, obrero de la construcción, había sido novio de Linda cuando esta contaba sólo con 16 años y ni siquiera soñaba con conquistar el mundo con el apellido Lovelace. De hecho, la joven había tenido un hijo con él, que dejó en adopción a su hermana. Un día, cuando ya estaba casada con Marchiano, vio un programa de televisión en el que escuchó que una de las invitadas decía: “Mucha gente se mete en la pornografía para acceder a Hollywood y convertirse en una estrella, como Linda Lovelace”. Ella, que vivía de las ayudas sociales, era considerada todavía por algunos como una celebridad.

Se animó a escribir un libro que desentrañara el falso mito que se había construido sobre su persona. Contactó con Mike McGrady, un periodista del Newsweek que le había propuesto meses antes un reportaje, y ambos pergeñaron “Ordeal” de una manera muy peculiar: como sus afirmaciones se contradecían con lo escrito en sus libros anteriores, Linda Lovelace se sometió durante dos días al polígrafo para verificar que todo lo que contaba era cierto. Más o menos, como en esos programas del corazón en los que se interroga a los famosos con una “máquina de la verdad” como testigo.

“Ordeal” causó una enorme conmoción en la sociedad americana, porque desmontaba todo el mito creado a partir de Linda Lovelace. En el libro, sus autores sostenían que Linda participó en “Garganta profunda” coaccionada por las amenazas de Traynor. Esta revelación resucitó, aunque brevemente, la fama de Linda Lovelace en los medios de comunicación, que le prestaron mucha más atención de la que probablemente merecía, en parte por lo escandaloso de sus declaraciones, en parte porque la sociedad norteamericana estaba cambiando desde la llegada de Ronald Reagan a la presidencia. En “Ordeal”, Linda se postulaba como feroz detractora del erotismo en el cine y la televisión, una afirmación que refrendó un mes después de la publicación del libro, cuando se convirtió en militante de la asociación conservadora Mujeres contra la Pornografía al participar en una manifestación en la que dicho grupo protestaba delante de un cine por la exhibición de una película porno. Lo curioso de la historia es que la película porno que se proyectaba en aquella sala de la calle 48 de Nueva York era “Garganta profunda”.

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Escrito por Paco Gisbert
Domingo, 24 de Abril de 2011 14:47 |
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| Los aficionados al porno identifican el concepto de festival de cine erótico con su vertiente más festiva y feriante, un espacio en el que pueden acudir a comprar artículos relacionados con el sexo o películas y en el que tienen la ocasión de hacerse unas fotos o pedir un autógrafo a su estrella favorita en el mundo del porno. Ese es el modelo que impera en todo el mundo, muy alejado de lo que los aficionados entienden como un festival de cine. Pero no hay que olvidar que el sexo es, en primer lugar, un negocio, y, en segundo, una temática muy difícil para encontrar patrocinios privados o ayudas públicas. De ahí que, en los festivales de cine erótico, el cine sea lo menos importante, puesto que es lo que menos dinero da, y todo el montaje que lo rodea (stands de distribuidoras y productoras, espectáculos de sexo en vivo, etc.) lo que, al fin y al cabo, los define cara al espectador.
Hubo, en la prehistoria del porno en la legalidad, un intento de que el porno fuera el núcleo temático de un festival cinematográfico, como lo son el fantástico, el cine de autor o la comedia. Sucedió en Francia, donde las películas pornográficas convivían alegremente con las convencionales desde la legalización del cine X, a comienzos de 1975, e incluso algunas producciones norteamericanas con escenas de sexo explícito habían participado en el festival de Cannes.

En plena fiebre por el cine licencioso en Francia, se celebró en París el Premier Festival International du Film Pornographique-Érotique entre el 6 y el 12 de agosto de 1975. La iniciativa partió de los productores Gérard Thum y Michel Lemoine, quienes organizaron el certamen y prepararon una extensa programación que incluía 44 películas procedentes de Francia, Bélgica, Luxemburgo, Suecia, Dinamarca, Holanda, Suiza, Alemania, Japón y los Estados Unidos. Durante una semana, miles de nuevos aficionados al género acudieron a las tres salas Haussman, en el número 2 de la rue de Chauchat, en la zona de los grandes boulevards, para degustar una selección de películas en la que figuraban títulos que, con el paso del tiempo, han pasado a ser emblemáticos en la historia del porno, como “Les jouisseuses”, de Lucien Hustaix, “Penetration” y “Sensations”, de Lasse Braun, “Sex Jack”, de Koji Wakamatsu, “Screw on Screen (SOS)”, de Jim Buckley, o “Defiance”, de Armand Weston.

El jurado presidido por la actriz Claudine Beccarie, máxima celebridad del porno francés gracias a su papel en “Exhibition”, y formado por Jean-Claude Romer, André Halimi, François Jouffa, Rémo Forlani, Régine Deforges, François Chatelet, Michel Caen y el director Jean-François Davy concedió el gran premio del certamen a la película francesa “El sexo que habla”, dirigida por Frédéric Lansac y producida por Francis Leroi, dos treintañeros procedentes de los cineclubes en los que se proyectaban películas de cine fantástico, aficionados al cómic y amantes del cine en general. El jurado consideró que la película de Lansac y Leroi poseía un nivel de calidad equiparable a las producciones norteamericanas, las grandes favoritas, y tiró de chovinismo para dejar en Francia la máxima distinción del festival. El premio especial del jurado se lo llevó Lasse Braun, que presentaba dos películas a concurso, mientras que el de mejor interpretación masculina fue a parar al veterano actor francés Robert Le Ray, presente en los dos filmes de Braun que se proyectaron en el festival. La norteamericana Jean Jennings ganó el premio a la mejor interpretación femenina por su papel en “Defiance”.

La experiencia fue positiva y exitosa, pero se topó con la promulgación, tres meses después de la ley que regulaba la exhibición de películas X en Francia, una norma legal que recluyó a los filmes porno a las salas especiales y que años más tarde sería copiada por los legisladores españoles. El primer festival de cine porno de París también fue el último. Desde entonces, hablar de festival de cine erótico o pornográfico es hablar de algo muy diferente, muy ajeno al cine.
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Escrito por Paco Gisbert
Lunes, 14 de Marzo de 2011 15:02 |
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| La coincidencia entre los años dorados de la “commedia sexy all'italiana” y el comienzo del cine porno transalpino dio como resultado que algunas actrices que habían interpretado filmes con desnudos al lado de personajes cómicos como Alvaro Vitali o Renzo Montagnani acabaran participando en películas pornográficas. Algo único en Europa, ya que son muy pocos los casos (Lina Romay, Brigitte Lahaie) de estrellas femeninas que compaginaron en aquellos tiempos el cine X con las películas picantes.
Uno de los casos más excepcionales fue el de Paola Senatore, una actriz que destacó en la década de los setenta en papeles, con poca ropa, en filmes de Franco Martinelli o Aristide Massacessi (antes de ser Joe D'Amato y firmar películas porno). La vida de Senatore no fue precisamente un camino de rosas, pese a que, en sus tiempos de gloria, fue una de las actrices más famosas y deseadas de Italia. Nacida en Roma, adonde su madre hubo de emigrar al quedar embarazada tras el rechazo de la sociedad calabresa, el 9 de noviembre de 1949, Senatore trabajó duro para entrar en el mundo del cine, su gran pasión, hasta que, con 20 años, le llegó la oportunidad de debutar en un pequeño papel en “Robin Hood, l'invincibile arciere”, de José Luis Merino. Sería un comienzo fugaz, pues la modestia del filme de Merino le impidió recibir ofertas para participar en películas serias y, dos años después, aceptó una propuesta para intervenir en “AAA massagiatrice bella presenza offresi”, de Demofilo Fidani, su primera cinta con trasfondo erótico.

Su hermosa cabellera pelirroja, su belleza y su busto fascinaron al público italiano, que la convirtió en un mito erótico gracias a las más de 30 películas de cine de género, principalmente eróticas, que protagonizaría entre 1970 y 1984. Entre ellas, Senatore tuvo la oportunidad de trabajar en dos filmes con Tinto Brass, el maestro del erotismo “soft” italiano.

Pero, mientras su carrera profesional subía como la espuma, Paola Senatore llevó una complicada vida privada. Tras separarse del que fue su pareja durante siete años al decidirse a abortar el hijo que había concebido, Paola comenzó a coquetear con la cocaína cuando conoció a un joven de 18 años, enganchado al polvo blanco, con el que vivió un peligros romance. El paso de la cocaína a la heroína se produciría a los 27 años, cuando se encontraba en la cima de su carrera artística. En el rodaje de “Nené”, de Salvatore Samperi, conoció al actor Claudio Campiglia, que se convirtió en su “amor tóxico”, como ella misma lo definió. La pareja fue consumiéndose por culpa de la droga y las necesidades económicas la llevaron a aceptar una sesión fotográfica con imágenes explícitas, primero, y el rodaje de una película porno, después.

La película se tituló “Non stop, sempre buio in sala” y el resultado fue penoso. La poca implicación de Senatore en la película, aceptada sólo por dinero, se refleja en los fotogramas de la cinta y en la declaración que la propia actriz hizo para la revista Panorama: “Nunca me sentí involucrada, ninguna emoción, ninguna excitación, estaba protegida por la heroína”. Fue su primer y único filme porno, aunque en su filmografía figura otra película, “La sfida erotica”, de Luigi Soldi, pero dicha cinta se realizó a partir de algunas secuencias descartadas de “Non stop, sempre buio in sala” hábilmente montadas por su realizador.

Poco después del rodaje de esta película, el 14 de septiembre de 1985, Paola Senatore fue arrestada por posesión y venta de drogas. De esa manera tan triste, rodeada de paparazzi que habían acudido a su casa buscando el morbo de ver a uno de los grandes mitos eróticos italianos de los setenta esposada y detenida, acabó su carrera en el cine, con el porno como triste epílogo.
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| Actualizado ( Lunes, 14 de Marzo de 2011 15:11 ) |
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Escrito por Paco Gisbert
Lunes, 27 de Diciembre de 2010 19:10 |
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| No puede decirse que el año que se nos va esta semana haya sido el mejor de la historia para el porno. 2010 ha sido el año de la defunción casi definitiva del cine porno en nuestro país, entendiendo como cine porno aquel que conserva ciertos valores cinematográficos, pese a que el porno a secas, aquel que sólo reproduce actos sexuales, parece haber remontado un poco el vuelo en las plataformas de internet. Pero, además, 2010 ha sido el año en que mayor número de leyendas del cine X nos han dejado. Hasta cinco personajes capitales para entender la historia del cine para adultos se marcharon este año: Jamie Gillis, John Leslie, Juliet Anderson y Erica Boyer, a los que hay que añadir a Jean Rollin, fallecido el pasado 15 de diciembre a los 72 años de edad.

La desaparición de Rollin ha sido la menos difundida en los medios de comunicación. No porque Rollin no fuera un personaje conocido, sino porque lo que representaba su figura en el porno contemporáneo había muerto muchos años atrás. Jean Rollin, nacido en Neully-sur-Seine en 1938, fue uno de esos personajes que comprendió enseguida que el porno era una manifestación más del cine de bajo presupuesto, probablemente la que más posibilidades creativas ofrecía. Contaba que vio su primer filme a los cinco años y que entonces decidió cuál era su vocación. Con trece, cuando su madre le regaló una máquina de escribir, se puso a escribir historias y guiones. A los veinte dirigió la primera película de una carrera como cineasta, guionista y escritor que duró más de medio siglo.
Fue un pionero en el cine de vampiros de serie B en Francia, en los tiempos en los que el panorama cinematográfico francés se debatía entre los defensores de la vieja guardia encarnada por Carné o Renoir y la nueva ola transgresiva en la que navegaban los Godard o Truffaut. Eso fue a finales de los años sesenta, cuando películas como “Le Viol du Vampire”, “La Vampire Nue” o “Le Frisson des Vampires” se convirtieron el filmes de culto gracias a su combinación de terror y erotismo. Pero Rollin, que era autor de los guiones de sus propias películas, no desaprovechó, en aquellos tiempos, la eclosión del cine X en Francia y, como harían después Jesús Franco o Joe D'Amato, dio el salto al porno. En la edad de oro del cine X francés, Jean Rollin fue un activo cineasta y un guionista de prestigio, autor de filmes como “Lévres de sang” o “Joussances et sumission”.
Cuando el porno francés entró en decadencia, a mediados de la década de los ochenta, Rollin siguió por los derroteros del cine que siempre había amado, el de terror. Pero nunca abandonó su relación con aquellos con los que había trabajado en los años de gloria del cine X francés. Así, en 1994, Marc Dorcel lo llamó para que escribiera el guión de la primera película que el productor parisino iba a realizar tras la muerte de quien, durante años, había sido su inseparable compañero de trabajo en el porno francés, Michel Ricaud. Rollin aceptó y pergeñó una historia de amores diferidos y fantasmas del pasado titulada “El perfume de Mathilde”, su testamento cinematográfico en el porno y una de las obras más interesantes del cine X galo en los últimos 20 años.

Para entonces, la figura del guionista de películas porno ya comenzaba a ser una especie en vías de extinción. Cuando el pasado día 15 de diciembre Jean Rollin dejó este mundo, el guionista de películas X ya era un cadáver exquisito que ni siquiera se contemplaba en la producción de un filme para adultos. La muerte física de Rollin, uno de los grandes autores del porno europeo, es reciente. La de lo que significa su profesión sucedió hace mucho tiempo.
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