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Escrito por Paco Gisbert
Miércoles, 01 de Diciembre de 2010 19:51 |
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| 1970 fue el año decisivo para la evolución del porno moderno. Hasta esa fecha, la producción de cine orientado al público adulto era ingente, pero, como sucede ahora, se basaba en películas pequeñas, de poco más de diez o quince minutos de duración, que reproducían una pequeña anécdota argumental y una escena de sexo. Estos “loops” se distribuían en las salas especiales que había repartidas por todos los Estados Unidos, como una especie de festival de cortometrajes sicalípticos que tenían su propio circuito de exhibición y su público fiel.

En 1970 la cosa cambió. A Bill Osco, un joven de 21 años que provenía de los ambientes “underground” de la Costa Oeste, los mismos que frecuentaban los hermanos Mitchell, se le ocurrió que, con no mucho dinero, se podía hacer un largometraje para que pudiera proyectarse en las salas comerciales y, de esa manera, sacar al porno de las catacumbas de los cines especializados en las que estaba recluido. Osco, apodado “el rey niño”, era un tipo emprendedor y tenía buenos amigos. Dos de ellos, Howard Ziehm y Michael Benveniste, compartían con el joven prodigio su afición al cine subido de tono, como más tarde demostrarían en sus versiones eróticas de “Flash Gordon” y “Alicia en el País de las Maravillas”. Los tres decidieron llevar a cabo de reto de filmar el primer largometraje concebido como tal (hasta entonces, el sexo explícito se introducía con posterioridad, en forma de insertos, en las películas rodadas sin escenas evidentes) de la historia del cine. En un fin de semana, y con un presupuesto de 7.000 dólares, rodaron “Mona, la virgen ninfómana” en Los Ángeles con un elenco compuesto por algunos de los actores habituales en los “loops” de la época.

“Mona, la virgen ninfómana” anticipa algunos de los tópicos argumentales de la edad de oro del género, que tendría el honor de inaugurar. Cuenta la historia de una joven que está a punto de casarse con su novio pero que desea llegar virgen al sagrado vínculo matrimonial, a causa de una promesa que le hizo a su madre. Sin embargo, su virginidad no va unida al celibato, ya que Mona, desde su temprana iniciación, es una ferviente practicante del sexo oral, ya sea con su prometido, en un bucólico paisaje, con un desconocido en plena calle o con el espectador de una película, en una sala de cine.
Rodado en 16 milímetros y con una fotografía en blanco y negro, el primer largometraje de la historia del porno no posee grandes cualidades artísticas, más allá del mero entretenimiento. Su carácter transgresor (pone en tela de juicio la estupidez del valor de la virginidad femenina y destroza algunos de los más férreos tabúes de la sociedad occidental) y su importancia histórica, como primera piedra en el nacimiento de un nuevo tipo de cine con sexo explícito, la convierten, 40 años después de su creación, un documento de incalculable valor para comprender la prehistoria del cine X.

La película se estrenó el 6 de agosto de 1970 en algunas salas de San Francisco y, el 19 de enero del año siguiente, en Nueva York, donde existía una floreciente industria, a lo largo de la calle 42, de filmación de “loops” pornográficos. En cinco años, “Mona, la virgen ninfómana” recaudó más de dos millones de dólares pero, sobre todo, puso el embrión para que el porno diera el salto del corto al largo, un hecho que, sólo un año más tarde con “Garganta profunda”, abriría los ojos a la sociedad norteamericana para entender que el cine porno también existía.
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Escrito por Paco Gisbert
Sábado, 30 de Octubre de 2010 14:39 |
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| A finales de la década de los setenta, hablar de John Curtis Holmes era referirse a la única gran estrella del cine porno norteamericano. Holmes era una especie de Rey Midas del cine para adultos, un tipo que, con su sola presencia, era capaz de convertir una mala película en un éxito de taquilla. En aquellos tiempos, John Holmes ganaba tanto dinero que podría haberse retirado y vivir de las rentas durante el resto de sus días. Sin embargo, nunca tenía dinero. Sus millonarios ingresos se los llevaba su irrefrenable adicción a la cocaína, un vicio caro que no sólo estaba acabando con su patrimonio, sino también con sus amistades.
Para sufragar su frenético ritmo de vida, Holmes desarrolló una patología que sus amigos y conocidos toleraban con paciencia: la cleptomanía. Durante años, John robaba pequeños objetos de valor cuando acudía a visitar a sus amigos o se llevaba recuerdos personales del hogar que compartía con su pareja, Dawn Schiller, para venderlos y poder comprar más droga. Nadie se atrevió a denunciarlo a la policía por la desaparición de algún objeto en su casa. Todo el mundo sabía que era él el ladrón, pero consideraba que aquellos deslices eran “cosas de John”.

Una tarde de 1981, John Holmes acudió a visitar a Gloria Leonard. Leonard, una de las leyendas femeninas del cine para adultos norteamericano, se había trasladado a Nueva York tres años antes para hacerse cargo de la edición de High Society, la revista más importante del sector en aquellos momentos. En 1980, Gloria Leonard se casó con el director de cine X Bobby Hollander y regresó a Los Angeles para vivir con su nuevo esposo. La casa, recién estrenada, estaba cerca del hogar de Holmes, por lo que la mítica actriz invitó a John a visitarla para confraternizar con su nuevo vecino. John Holmes se presentó en la casa a media mañana e inició una interesante conversación con su vieja amiga. A media tarde, Bobby Hollander llegó de su oficina y se unió a una conversación en la que, además de la charla, los tres compartieron seis pipas para fumar que Holmes surtía con base coca y Hollander con Ron Bacardí. La conversación se extendió hasta la madrugada, hasta que los anfitriones decidieron retirarse a dormir. John se marchó a su casa y los Hollander se quedaron con la grata impresión de haber pasado una velada encantadora con un hombre afable y conversador.

A la mañana siguiente, Bobby y Gloria salieron pronto de casa para hacer unas gestiones propias de su cambio de residencia. A las once de la mañana regresaron a su hogar y se encontraron con la sorpresa de que sus principales enseres habían desaparecido. La televisión no estaba en su sitio, el vídeo se había evaporado, las joyas de Gloria no estaban en el lugar donde las escondía y el dormitorio parecía haber sufrido el asalto de una banda de ladrones. Incluso un par de armas que Bobby guardaba como recurso de defensa personal habían desparecido, aunque la policía las recuperó, un año más tarde, en el mercado negro.
Bobby y Gloria preguntaron a los vecinos. Y estos les contaron que, poco después de marcharse de la casa, un hombre que respondía a la descripción física de John Curtis Holmes había aparcado una furgoneta en la puerta de su casa y había comenzado a cargar en ella todos los objetos que faltaban en su recién estrenado hogar. Los vecinos pensaron que se trataba de un empleado de mudanzas que efectuaba un traslado de muebles, como correspondía a unos nuevos vecinos. Bobby y Gloria nunca presentaron cargos contra John Holmes por robo. Eran las cosas de John.
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| Actualizado ( Sábado, 30 de Octubre de 2010 15:18 ) |
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Escrito por Paco Gisbert
Miércoles, 13 de Octubre de 2010 20:01 |
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| Gabriella Tricca, una joven de Florencia que estudió arquitectura y que regentaba un restaurante en compañía de su marido en la ciudad que la vio nacer, nunca pensó que la vida la empujaría por un camino tan extraño como el que tuvo que tomar cuando, a los 24 años, se vio, una mañana de 1979, practicando el sexo con una mujer negra delante de una cámara de cine. Esposa ejemplar y madre de una niña de seis años, Tricca se metió en el porno “por hambre”, porque la fortuna, la mala fortuna, arruinó su vida de una manera cruel y arbitraria, como en esas películas de Ken Loach en las que sabes que a la protagonista siempre le puede ocurrir algo peor que el infierno por el que transita.

El marido de Gabriella, el hombre del que estaba enamorada, comenzó a padecer los síntomas de una enfermedad degenerativa que le paralizó el cuerpo, hasta el punto de quedar postrado en una silla de ruedas. Como consecuencia de la enfermedad, el restaurante con el que se ganaba la vida empezó a tener pérdidas, a convertirse en una pesada carga para Gabriella, más que la invalidez de su esposo. Un día, Gabriella tomó una decisión: se convirtió en Laura Levi, en una de las pioneras del cine X italiano, una morena de bellos pechos naturales, cabello castaño y un rostro muy transalpino que cautivaría a los espectadores por su buen hacer delante de las cámaras. En su decisión pesaron las cuentas de la farmacia, las facturas del colegio de su hija, los recibos de la luz de su casa. Las deudas, el hambre.
Laura Levi fue una de las primeras estrellas del porno italiano, una actriz excelente en los tiempos en los que las películas X en su país comenzaban a florecer al calor de la importación de filmes eróticos extranjeros de serie B y se creó una industria especializada en rodar insertos explícitos para transformarlas en pornos. Levi, fogueada en esa incipiente industria del porno fragmentado, formaría, junto a la sueca Marina Frajese y la argentina Guya Lauri Filzi, la santísima trinidad de las pioneras pornodivas en Italia, la única de las tres nacida en la península.

A lo largo de los cinco años que duró su carrera, Levi trabajó en unas cuarenta películas, algunas de ellas a las órdenes de mitos del cine X de su país, como Joe D'Amato. De su profesionalidad para no perder nunca la concentración en las escenas de sexo, buscar siempre la ubicación perfecta para facilitar el trabajo del director y salvar una escena dialogada con un actor mediocre da fe la definición que hizo de ella D'Amato: “es un demonio en el plató”. Lo dijo alguien que, a lo largo de su vida, trabajó con las mejores actrices italianas del cine porno.
Levi se comportaba así porque, para ella, su trabajo en el porno era “un trabajo y nada más”, la forma más sencilla de ganarse la vida para una mujer perseguida por la desgracia, condenada a mantener al hombre que más quería en el mundo a fuerza de follar con otros. Su marido la acompañaba al set de rodaje en ocasiones, como prueba de lealtad.
Pero Laura Levi también fue una mujer previsora, pese a que nunca estuvo de acuerdo con las cifras que, en su época, se embolsaban quienes de verdad sostenían el negocio del porno en Italia. Cuando, ya en el último año de su carrera, cobró dos millones de liras por hacer una película en la que debía protagonizar una escena con cuatro hombres, lo consideró “una miseria comparado con lo que se meten en el bolsillo los productores”.
Así que, cuando pudo, lo dejó. Abandonó el porno para montar su propio negocio y seguir cuidando de su marido, como había hecho toda su vida. Dejó entonces una obsesión que le atormentó durante los cinco años en los que practicó el sexo delante de la cámara: lavarse continuamente. “El porno tiene olor, un olor terrible, y yo lo siento siempre encima”, decía.
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Escrito por Paco Gisbert
Lunes, 27 de Septiembre de 2010 18:43 |
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| En el año 2010 no nos sorprende que la gente que se dedica al cine, la cultura, el espectáculo o la televisión haga declaraciones en las que confiesa ser aficionado al porno. El cine X se ha normalizado, dentro de unos límites, hasta el punto de que, por ejemplo, en la colección de clásicos del porno que sacó la revista Interviu a comienzos de esta década, cien personalidades comentaron las películas más destacadas que ofrecía la revista. De hecho, cineastas como Fernando Trueba, Santiago Segura o Juanma Bajo Ulloa han manifestado en más de una ocasión su afición al porno y, en algunos casos, su intención de rodar, si las circunstancias lo permiten, una película sicalíptica.
Hace 22 años la situación no era la misma. El porno tenía una corta vida en España dentro de la legalidad, sólo cuatro años, y había sido anatemizado por una ley que inflaba de impuestos indirectos a quienes lo exhibían y lo consumían. En aquellos tiempos, cuando se rodaba en 35 mm. y las películas tenían una factura tan amateur que ni siquiera podían considerarse de serie B, sólo los expertos en cine barato se atrevieron a filmar pornos. El principal ejemplo de lo dicho es Jesús Franco, quien pasó del cine erótico de bajo presupuesto al porno cuando la ley española permitió la proyección pública de filmes con sexo explícito.

Pero hay un caso en la historia del cine español mucho más curioso, el de Jaime Chávarri. En 1988, Chávarri ya tenía una acreditada carrera como director de cine convencional, pues había rodado seis películas de diverso pelaje, desde filmes de autor, como “A un Dios desconocido” o “El desencanto”, a adaptaciones literarias de éxito, como “Bearn o la sala de las muñecas” y “Las bicicletas son para el verano”. Con ese bagaje, Jaime Chávarri tuvo los arrestos suficientes para filmar algo que le apetecía hacer. Buen aficionado al porno clásico, Chávarri aceptó rodar, en unos tiempos en los que el porno español languidecía, una película baratísima, de tema sadomasoquista, en sólo dos días y con una cámara de vídeo. La cinta en cuestión figura en los anales del cine español como una “rara avis” y se titula “Regalo de cumpleaños”.
“Regalo de cumpleaños” cuenta la historia de un matrimonio burgués que, para celebrar el aniversario de la esposa, celebra una sesión de sadomasoquismo en la que ella se somete a los caprichos de su marido. Como réplica, el marido se someterá después a los caprichos de su mujer y de una vecina en una sesión de dolor físico y placer sexual.
José María Ponce, coproductor de la película, supo por el también cineasta Carlos Suárez que Jaime Chávarri estaba dirigiendo un documental para televisión en Barcelona y decidió ponerse en contacto con él. Organizó una cena con Suárez, Chávarri y él mismo y, de ahí, surgió una buena amistad que se materializó en una oferta, medio en serio, medio en broma, para que el director madrileño rodara un porno. Chávarri aceptó escribir el guión, filmarla e incluso firmarla, algo muy poco habitual en la época, cuando en el porno trabajaban profesionales del cine que utilizaban, por regla general, seudónimos para aparecer en los títulos de crédito. Carlos Suárez fue el operador de cámara en la cinta.
La única película de la historia del porno español rodada por un director de prestigio en el cine convencional (si exceptuamos a Jesús Franco) cuenta sólo con tres protagonistas. Los dos principales eran pareja en la vida real, vivían en Girona, trabajaban como funcionarios y era aficionados al porno, lo que provocó un cierto revuelo cuando lo desveló un artículo de El periódico.
Con los años, Jaime Chávarri nunca se arrepintió de haber hecho esa película, un filme que, por otra parte, no perjudicó después a su brillante carrera en el cine. Sólo reniega de ella porque considera que es una película de muy baja calidad, algo, por otra parte, natural, dados los medios con los que trabajó.
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| Actualizado ( Lunes, 27 de Septiembre de 2010 19:29 ) |
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Escrito por Paco Gisbert
Domingo, 05 de Septiembre de 2010 07:58 |
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| Randy Potes era un tipo de mediana estatura y con la cara llena de marcas de acné que, a los 26 años, decidió probar suerte en el mundo del porno. Le gustaba follar, era bastante bien parecido y gozaba de una simpatía e inocencia que atraía a las mujeres. Pero tenía dos problemas: era muy inseguro y tenía un pene bastante más pequeño que la media de sus compañeros de profesión. Para entendernos, tenía una polla de tamaño normal, una birria si te dedicas al porno.

Sus problemas en el porno no llegaron por las dimensiones de su miembro viril, sino por el peor de los defectos que puede tener un actor X: tenía enormes dificultades para lograr una erección en escena. Era, en esencia, como cualquiera de los veinteañeros paletos que sueñan con trabajar en el cine X para ganar dinero follándose a cientos de mujeres, un tipo al que le gustaba practicar el sexo fuera de los platós que pensaba que podía trasladar sus impulsos a un set de rodaje. Para su desgracia llegó al porno en 1987, cuando las producciones no se rodaban ya en formato de cine y los directores podían repetir una y otra vez las tomas hasta que saliera bien, cuando las “fluffer”, las míticas ayudantes que estimulaban a los actores oralmente para que salieran al escena como toros en la época del porno en 35 mm., ya no existían.
La disfunción eréctil en escena aumentó la inseguridad de un tipo que, pese a ser buena persona, no tenía demasiadas luces. Y sólo la aplacó el día que conoció a Jill Kelly. Adrianna Moore, Jill Kelly para el mundo del porno, era una stripper bellísima que había iniciado su carrera como bailarina con sólo 15 años y que, cuando ya había cumplido 23, tenía algunas amistades dentro de la industria del entretenimiento para adultos, en la que había hecho algunos pinitos en escenas lésbicas. Una de esas amigas, Tiffany Million, le pidió que la acompañara a Las Vegas a la entrega de los AVN Awards de 1993. Kelly se quedó fascinada por la celebridad de los actores porno y ese fin de semana, en un bar de la ciudad de los casinos y el juego, conoció a uno de ellos. Era Randy Potes, al que todo el mundo conocía por su seudónimo en el porno, Cal Jammer, y, súbitamente, surgió el amor entre ellos. Jammer prometió a Jill convertirla en una estrella deslumbrante del porno pero, a los tres meses, cuando ambos decidieron casarse, se echó atrás: no quería que su mujer follara con nadie que no fuera él.

La historia desembocó en una catarata de celos, justificados o no, que fue minando la personalidad de Cal y acentuando su ancestral inseguridad. Durante dos años vivieron dos separaciones y otras tantas reconciliaciones, peleas, discusiones y todo ese tipo de cosas que les suceden a las parejas cuando están en crisis.
El 25 de enero de 1995, Cal Jammer llamó a Jill Kelly para quedar con ella. En sus conversaciones anteriores, Jammer había insinuado su voluntad de suicidarse si Kelly no volvía con él, cegado por los celos que le brotaban al descubrir que su mujer se acostaba con Chuck Martino. La llamó a su casa reiteradamente para ir a verla y decidió acudir a su domicilio. Condujo como un poseso por Hollywood Hills su Ford Ranger hasta llegar a la casa de Jill. Allí, llamó a la puerta como si fuera lo último que iba a hacer en la vida, pero Kelly nunca abrió. Estaba dentro de su casa, pero tenía miedo. Cuando el martilleo del timbre cesó, oyó un estruendo. Salió de su casa y encontró a Cal Jammer tirado en el suelo, en medio de un charco de sangre, con la cabeza reventada.
Fue el primer actor suicida de la historia del cine X.
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| Actualizado ( Domingo, 05 de Septiembre de 2010 08:56 ) |
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