| La segunda edición del Salón Erótico de Barcelona (SEB) se cerró el pasado 9 de octubre con un importante crecimiento numérico respecto a la celebrada el año anterior. Más de 50 expositores y la presencia de un público, mucho más variopinto del que suele visitar un evento de estas características, que la organización cifró en 14.568 personas. Si bien los datos de asistencia siempre se prestan al optimista inflado por razones comerciales, se puede decir que los aficionados y los curiosos que se acercaron al SEB transmitieron la idea de que la fórmula del certamen parece la correcta. La presencia de 682 invitados es menos relevante que la de los 126 periodistas que contaron después lo que allí sucedió a miles de personas. Los medios siguen viendo al festival, llámese FICEB o SEB, como algo noticiable, quizás porque estos dos años de orfandad erótica en Barcelona han jugado a favor del evento, excesivamente plano en interés en el crepúsculo del FICEB.

Gran parte de la culpa de esta remontada de asiduos la tiene la nueva estructura del festival, mucho más diversificada que en épocas pretéritas. Las nuevas empresas que comercializan deseos a través de internet han dado con la clave para llegar al gran público, una virtud que nunca poseyeron las productoras que dominaron el mercado hasta el huracanado azote de la red global a la industria española de cine X, y el público, que nunca es tonto, lo ha agradecido. Iniciativas como que las actrices chatearan con sus admiradores desde uno de los stands tienen hoy mucha más aceptación que las desangeladas sesiones de firmas de las estrellas, más parecidas a un acto promocional literario que a un certamen de porno. Vivimos en tiempos de presentes inmediatos y el cliente no puede esperar dos horas hasta llegar a casa para sentir placer al ver la firma y la foto con su chica preferida, necesita verlo en vivo. Por eso entre el consumidor se valora tanto el “reality”, es la esencia del porno actual, perecedero hasta extremos enfermizos.

El impulso de este lavado de cara del festival abre ahora unas expectativas que merecen ser gobernadas con éxito. La organización debe aprender de errores del pasado y recordar que, a veces, la fortuna inmediata es la pobreza del mañana, y no sólo hablo en términos económicos. Hay que dar pasos hacia adelante, saber corregir cuando algo se tuerce y tener sentido de la autocrítica, el mejor camino que existe en la vida para lograr los propósitos. Convertirse en punto de encuentro del sector, fragmentado aunque mucho más unido que hace una década, es un paso muy importante para su consolidación. Al fin y al cabo, esto no es una feria al uso, en la que el diálogo se establece entre cliente y vendedor, sino un certamen en el que hay más jugadores: los actores y los directores. Y, aparte de divertir al público y satisfacer a los vendedores, hay que contentar a los artistas. Eso, en un sector con los egos tan subidos, es realmente complicado. La envidia mató al FICEB y no puede tener una segunda oportunidad con el SEB.
Quizás la solución pase por una mayor involucración del festival con el sector durante todo el año. Que la industria del porno español camine en la misma dirección se antoja fundamental para no apagar esa llama de esperanza que ha iluminado esta edición del Salón Erótico de Barcelona. Y eso implica la colaboración de todos. O, al menos, de todos los que quieran mirar hacia adelante y no ahogarse en los recuerdos que quedaron atrás.
Barcelona, epicentro de la producción pornográfica nacional desde hace más de 20 años, siempre ha merecido un festival erótico. La ciudad, con esa atmósfera naïf que mezcla liberalidad y tradición, ha hecho crecer una industria de la nada, al integrar el FICEB en la agenda de citas imprescindibles del año para curiosos, profesionales y aficionados, no sólo catalanes, sino de toda España. La vida concede casi siempre segundas oportunidades y el festival erótico ha de corresponder a ese merecimiento.
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