SUPERSEX AL RESCATE

Escrito por Paco Gisbert    Miércoles, 15 de Julio de 2009 10:18    PDF Imprimir E-mail

En la primavera de 1984, Rocco Tano trabajaba en el restaurante de la cadena Cosa Nostra que su hermano Armando regentaba en París. Acababa de cumplir 20 años y era un hombre feliz. Hacía deporte, ligaba con las chicas que encontraba en los alrededores de la plaza del Trocadero y se sentía libre, lejos de la presión familiar que sentía en su Ortona natal. Un buen día , uno de sus ligues, una mujer que le doblaba en edad, le dijo a Rocco que era un hombre demasiado guapo para perder su vida vendiendo pizzas y platos de pasta en un restaurante parisino, que él podía hacer carrera como modelo. El italiano le contestó que no conocía a nadie, pero que sabía que, a algunos clubes de intercambio de parejas, acudían empresarios que trabajaban en el mundo de la moda, alguien con el que pudiera entrar en contacto para cambiar de vida. Rocco, un veinteañero lleno de energía, había oído hablar de esos clubes y, en su mente, había construido un paraíso de sexo en aquellos lugares prohibidos.      

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Su amiga accedió a acompañarlo al club 106, un local regentado por Denise, una actriz que trabajaba en el porno francés con los seudónimos de Dominique St. Claire y Dom Pat y que había abierto aquella boîte con la intención de que fuera un club exclusivo para miembros de la jet-set. Muy pronto, Denise hizo amistad con Rocco y le concedió un favor que a pocos clientes reservaba: poder entrar en el 106 solo, sin la compañía de una pareja. No en vano, el apuesto italiano era un reclamo para muchas parejas dispuestas a experimentar nuevas sensaciones, un portento de la naturaleza. Tano estaba encantado. El paraíso que soñó lo tenía a su alcance cada día, a la salida de su trabajo como camarero en la pizzería. Se convirtió en un asiduo del 106, por donde se paseaba desnudo por sus salas a la espera de conocer gente.        

Una noche, en uno de sus paseos por las estancias del 106, Rocco contempló  una imagen que le resultó familiar. Sentado frente a él estaba el protagonista de Supersex, unas fotonovelas eróticas que había devorado con pasión durante su adolescencia y que le habían ayudado a desfogar su inagotable adrenalina en tantas ocasiones. Y estaba, como en la portada de aquellas fotonovelas, acompañado de dos mujeres de bandera. Rocco buscó a Denise por el local y, cuando la encontró, le pidió que le presentara a aquel hombre. Sólo sabía que se llamaba Gabriel Pontello y que era su héroe. Su superhéroe sexual.       

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Denise se acercó a Pontello y le susurró algo al oído. Este, sin inmutarse le hizo un gesto al joven para que se acercara y Rocco aprovechó para expresarle su más profunda admiración. Pontello miró al joven italiano de arriba a abajo y le dijo: “Entonces, ¿eres tú?, se dice por aquí que tienes una polla enorme, vamos a ver si sabes utilizarla”. Inmediatamente, habló con las dos mujeres que le acompañaban y los cuatro se marcharon a un reservado del local a practicar el sexo en grupo. Las dos mujeres que compartieron sexo con Rocco y Gabriel aquella noche eran Barbara Dare, quien unos años después sería una de las grandes estrellas del porno americano, y Patty Rhodes, que comenzaba su carrera como productora del filmes X. Dos horas de sexo bastaron para que Pontello se convenciera de que había conocido a un prodigio de la naturaleza. Al acabar, el protagonista de Supersex le dio al descarado italiano la dirección de su estudio en Montrouge para que se presentara allí a las nueve de la mañana.      

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Al día siguiente, en el estudio de Gabriel Pontello, Rocco Tano refrendó  todo lo que había apuntado en el 106. Posó para una fotonovela erótica llamada “Adán y Eva”, junto a Marilyn Jess y el propio actor francés hubo de frenar las ansias de Rocco por practicar sexo. Se trataba de unas fotos “soft”. Acabada la sesión, Pontello le dio a Rocco 200 francos, el sueldo que ganaba en quince días de trabajo en el restaurante y le propuso participar en el rodaje de “Belle d'amour”, un filme que iba a dirigir Michel Ricaud y para el que su productor, Marc Dorcel, buscaba nuevos rostros. El italiano aceptó y, unos días después, comenzó a trabajar en el porno con el nombre de Rocco Siffredi. Supersex había rescatado del anonimato a la mayor leyenda del porno europeo en toda su historia. 

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