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EL ESCRITOR

En el verano de 1974, Georgina Spelvin todavía gozaba del reconocimiento popular que alcanzó  como protagonista de “El diablo en la señorita Jones”, estrenada un año antes. Después de aquel éxito, Spelvin aprovechó el filón y formó parte del reparto de una docena de producciones en pequeños papeles bien pagados. Lo suficiente para mantener su estela de tardía figura del porno.

Aquel verano, Georgina recibió una oferta para volver al pasado, para reencontrarse con la mujer que había sido, diez años atrás, cuando trabajó como bailarina y coreógrafa en diversas obras a lo largo de los Estados Unidos. Para volver a ser Shelly Graham. La oferta consistía en participar en varias comedias musicales y dirigir una de ellas: la adaptación a los escenarios del “Oliver Twist” de Charles Dickens. Georgina Spelvin sabía que aquella era una buena oportunidad para huir de su pasado, de los dos años que había pasado interpretando películas pornográficas porque amaba la cámara pero no su profesión.

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Aceptó  y se puso a trabajar en Maine, donde la obra se iba a estrenar. Durante unos meses, Spelvin recuperó su vertiente musical, en duras jornadas de trabajo bailando y en duras sesiones de corrección de coreografías dirigiendo. Pero, poco antes del estreno, se le aparecieron los fantasmas de su pasado en forma de agentes judiciales. Eran los tiempos en los que el porno era perseguido en algunos de los estados americanos y Spelvin estaba acusada de obscenidad en Portland, donde un juez había procesado a los intérpretes de “El diablo en la señorita Jones”. En uno de los últimos ensayos antes del estreno, dos agentes judiciales se presentaron en Maine para convocar a Georgina al juicio que se iba a celebrar en la otra parte del país. Sus compañeros en el musical descubrieron entonces que estaban trabajando con Georgina Spelvin y, gracias a sus contactos con el FBI, la ayudaron a conseguir un abogado que le librara de comparecer ante un tribunal.

El “Oliver Twist” de Georgina Spelvin se estrenó por fin aquel verano y tuvo un éxito inesperado por una razón ajena a su calidad como comedia musical. La prensa se hizo eco de que una actriz porno era la directora de una obra interpretada por 26 niños.

 
Una de las personas que se interesó por aquel fenómeno insólito fue el escritor Norman Mailer, uno de los principales innovadores del periodismo literario en el siglo XX y autor de obras como “La canción del verdugo” o “Los ejércitos de la noche”. Mailer acudió a ver la obra y, a su conclusión, se puso en contacto con Georgina Spelvin para invitarla a tomar una copa. La directora de la comedia musical y el escritor salieron aquella noche y hablaron sobre muchos temas. Ella le preguntaba por sus libros, por su inspiración a la hora de escribirlos y sobre el periodismo moderno. Él sólo quería saber cosas de actrices porno y Georgina, poco integrada todavía en la industria del entretenimiento para adultos, no pudo dar respuesta a toda la curiosidad de Mailer. En realidad, Mailer sabía más de la vida y milagros de las actrices porno que la propia Georgina. La insistencia de Mailer despertó el chip intelectual de Georgina, que preguntó a su contertulio si había salido con ella para documentarse con la idea de escribir un libro sobre el mundo del porno.

·     “No -respondió Norman Mailer-, sólo deseo follar con usted”.

 

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